Con el corazón y con la cabeza

El pasado 24 de abril, los esfuerzos de esta asociación y nuestra Embajada se sumaron a la férrea voluntad de uno de los más prestigiosos científicos españoles, el Dr. Valentín Fuster, para dar una de las conferencias más entrañables que hemos organizado. El Dr. Fuster es una eminencia en cardiología, de eso no cabía ninguna duda: director del Heart Institute del Hospital Mount Sinai de Nueva York, así como del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), Fuster compagina estos cargos con diversas encomiendas de asesoría para la administración americana o la presidencia de la asociación mundial del corazón, entre otras. Y en medio de una agenda digna de infarto, Fuster hizo escala en Estocolmo en su semanal trasiego entre la gran Manzana y Madrid para regalarnos unas horas de ciencia y salud, conectando el cerebro y el corazón en su más amplio sentido. Durante una hora nos habló de su enfoque puntero en técnicas de imagen para detectar daños en el sistema cardiovascular, germen necesario pero no suficiente para desarrollar enfermedades que causan más mortalidad que los accidentes de tráfico: infartos, estenosis, derrames cerebrales, ictus y demás congéneres, que es más importante prevenir que curar. Y para ello, él y su equipo comienzan a de descifrar los factores de riesgo, monitorizando poblaciones de enfermos y sanos, en Estados Unidos, España, Colombia, Kenia o donde haga falta. Desde el factor de riesgo genético hasta los malos hábitos: los de la vida del mundo desarrollado llenos de colesterol, tabaco y obesidad; o los sociales, como es el caso de Kenia donde la falta de frigoríficos hace que los alimentos se conserven en salazón, generando una hipertensión social que hizo a Fuster y su equipo poner un foco en aquel lugar, tanto para entender la enfermedad como para ayudar a los que la sufren, en una especie de “win-win” altruista que, por más lógico que nos parezca, no deja de emocionar. Desde la base molecular a las implicaciones socio-sanitarias, del corazón al cerebro, Fuster nos ofreció una perspectiva global y rigurosa sobre estos riesgos y las claves para evitarlos. 

Durante la siguiente hora, conversamos con nuestro genial invitado en torno a unos pinchos (y una copa de vino, con moderación) no sólo de estos temas, sino de ciencia, de su gestión y optimización de recursos. Nos contaba, y le contábamos, pues su curiosidad no se ciñe al aparato cardiovascular sino que la situación de los investigadores que allí estábamos era el objeto de sus preguntas. Hasta que un taxi similar al que le había traído tan sólo dos horas antes del aeropuerto de Arlanda se lo llevó de vuelta, con la misma sonrisa y la mirada inteligente de quien ha llegado a lo más alto y sigue subiendo: “Estoy muy ilusionado, es un momento muy estimulante para descifrar el origen de todas estas enfermedades: con las nuevas técnicas que estamos desarrollando podemos ver cosas que durante décadas buscábamos …” si bien más allá de su ámbito de trabajo, Fuster animaba a “hacer que la ciencia tenga un impacto social”. Cuando supimos que finalmente se desviaría en su trayecto para una visita en escala, la ilusión se juntó con el temor: ¿sería suficiente? 

Eran sólo tres horas, es verdad; pero el Dr. Fuster es mucho Dr. Fuster. 

Autor: Hugo Gutiérrez de Terán

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